May
30
Tikal
| Written by Hector

Cuando llegamos a Flores, en el norte del pais, hace un calor bochornoso que nos golpea al salir del autocar. Es de noche ya, y no hay mucho movimiento por las calles, aparte de unos cuantos tuk tuk y algunas motocicletas. Nos sentamos en la terraza de un bar de pinta humilde y pedimos unos jugos de frutas mientras investigamos donde quedarnos. En seguida el camarero, Victor, un chaval escuchimizado pero con pinta de espabilado, me enseña un hotel a pocos metros de donde estamos, limpio y con un precio aceptable. Es lo que tiene llegar tarde a los sitios: cuesta mas buscar alojamiento, y abusan mas de ti con los precios a medida que se va haciendo tarde. Despues de dejar las cosas en la habitacion, damos una fugaz vuelta por las calles y acabamos cenando en una pizzeria cutre.

Por la mañana, desayuno copioso a base de sandwich y pancakes, y rumbo a Tikal. A una hora de camino, viajamos en un microbus. El paisaje que ya habiamos intuido al llegar a Flores es verde y abundante en vegetacion. Estamos en la selva, en el Peten, el pulmon de centroamerica. Aqui hay monos, jaguares, quetzales - el pajaro que dio nombre a la ruta que promocionaba por un tiempo De la Quadra Salcedo, el del sombrero a lo Livingstone y mostacho espeso - pavos reales, en fin, armadillos y demas animales enrollados.

Las ruinas de Tikal son imponentes, escondidas en la selva, a salvo de los humanos durante tanto tiempo, edificaciones abandonadas, dicen, de repente por sus dueños. De menos a mas, cada nuevo templo, palacio o lo que sea que vamos viendo, es mas espectacular. Las plantas, los arboles y sus raices, todo se mezcla y se funde con las piedras amontonadas creando piramides, grabadas con dibujos rituales, formando escaleras o muros.

Las raices, sobre todo, esos enormes nervios, que retuercen y torturan las construcciones, como si fueran las venas de estos, como si quisieran retenerlos, protegerlos de posibles furtos, como si pudieran agarrarlos y retenerlos del devenir del tiempo. Por un par de veces me tropiezo con las raices, en medio del camino, lo hacen aposta, me mantienen alerta, despierto y consciente, alguien estuvo aqui hace mucho tiempo y construyo todo esto, y yo he venido aqui a ser un mero visitante mas, una sombra del futuro para ellos, y ellos fantasmas del pasado para mi.


La naturaleza es aqui la inquilina, nidos de pajaros que cuelgan de arboles altisimos, monos que aullan y que saltan de rama en rama, haciendo caer hojas y frutos al suelo, insectos de toda clase que se cruzan en el camino. Hace calor, bebemos agua constantemente para mantenernos hidratados.


Al atardecer, la puesta de Sol nos regala un momentito agradable, una luz perfecta sobre el lago Peten Itza, mientras le damos de comer a los peces congregados en el rincon de agua que queda en el restaurante donde tomamos limonada natural con soda, hablando con uno de los camareros, un chaval de diecisiete años, casado y con un crio de cuatro meses, que nos explica como ir hasta Belize con transporte publico sin tener que contratar ninguna linea privada de autobuses.

