Il Guatemala mi sorprende con la sua meravigliosa gente, i suoi vulcani, la sua estrema povertà, la sua dignità, il suo terzomondismo e pressapochismo disperante, i suoi bambini che lavorano, i suoi politici usciti da un bar di periferia.
Siamo a San Pedro, paesino con 9 chiese (7 evangeliche, 2 cattoliche) e nessun ospedale, sul lago Atitlan, secondo Huxley il lago più bello del mondo, circondato da vulcani e tradizionali villaggi maya. Anche qui troviamo Italians fuoriusciti dal sistema da qualche tempo. Cosa spinge un milanese a lasciare tutto e a trasferirsi in un paese del terzo mondo devastato da 30 anni di guerra civile? E non sto parlando di volontari di NGO. A dire il vero qui ci sono tante altre piccole comunità di fuoriusciti europei e israeliani. Abbiamo conversato con un triestino che fa l’elettricista per 120 quetzales al giorno (circa 12 euro), un romano giramondo con la sua tavola calda da 6 anni, un toscano che gestisce una pensione e vivacchia con l’assegno mensile per un infortunio alla mano accaduto durante i duri anni in fabbrica. Tante storie diverse di gente che con coraggio ha detto basta e ha voluto cambiare vita. Persone che mi hanno dato un’ulteriore spinta per fare quello che voglio fare al mio imminente ritorno.
Il Guatemala é un paese con tanti ma tanti problemi seri: sicurezza, sanitá, educazione. Ogni giorno torna un aereo carico di clandestini espulsi dagli Stati Uniti o dall’Europa. Morti violente e continue sono la quotidianitá. I bus locali cadono nei burroni con regolaritá impressionante, troppo carichi, troppo veloci, troppo vecchi. Le elezioni politiche sono fra 2 mesi e tutti ma veramente tutti i paesini sono imbrattati e infettati da slogan populisti e cartelloni dai colori vivaci. Mi porto dietro da qualche giorno una debolezza fisica che conosco bene (Laos, 7 mesi fa). Quando si va al ristorante é sempre una sorpresa ricevere le pietanze sempre diverse da quelle ordinate. Come in tanti disastrati paesi del terzo mondo, quello che manca é la professionalitá in tutti i settori.
Il Guatemala entra sicuramente tra gli higlightsdel viaggio. Vi invito a visitare questo paese che tocca lo spirito ed e´uno spettacolo da fotografare.
Penso di trascorrere a Xela gli ultimi giorni che restano prima della folle corsa verso Cancun per salire sull’aereo che mi porterà a Los Angeles per la terza volta in 3 mesi.
Cuando llegamos a Flores, en el norte del pais, hace un calor bochornoso que nos golpea al salir del autocar. Es de noche ya, y no hay mucho movimiento por las calles, aparte de unos cuantos tuk tuk y algunas motocicletas. Nos sentamos en la terraza de un bar de pinta humilde y pedimos unos jugos de frutas mientras investigamos donde quedarnos. En seguida el camarero, Victor, un chaval escuchimizado pero con pinta de espabilado, me enseña un hotel a pocos metros de donde estamos, limpio y con un precio aceptable. Es lo que tiene llegar tarde a los sitios: cuesta mas buscar alojamiento, y abusan mas de ti con los precios a medida que se va haciendo tarde. Despues de dejar las cosas en la habitacion, damos una fugaz vuelta por las calles y acabamos cenando en una pizzeria cutre.
Por la mañana, desayuno copioso a base de sandwich y pancakes, y rumbo a Tikal. A una hora de camino, viajamos en un microbus. El paisaje que ya habiamos intuido al llegar a Flores es verde y abundante en vegetacion. Estamos en la selva, en el Peten, el pulmon de centroamerica. Aqui hay monos, jaguares, quetzales - el pajaro que dio nombre a la ruta que promocionaba por un tiempo De la Quadra Salcedo, el del sombrero a lo Livingstone y mostacho espeso - pavos reales, en fin, armadillos y demas animales enrollados.
Las ruinas de Tikal son imponentes, escondidas en la selva, a salvo de los humanos durante tanto tiempo, edificaciones abandonadas, dicen, de repente por sus dueños. De menos a mas, cada nuevo templo, palacio o lo que sea que vamos viendo, es mas espectacular. Las plantas, los arboles y sus raices, todo se mezcla y se funde con las piedras amontonadas creando piramides, grabadas con dibujos rituales, formando escaleras o muros.
Las raices, sobre todo, esos enormes nervios, que retuercen y torturan las construcciones, como si fueran las venas de estos, como si quisieran retenerlos, protegerlos de posibles furtos, como si pudieran agarrarlos y retenerlos del devenir del tiempo. Por un par de veces me tropiezo con las raices, en medio del camino, lo hacen aposta, me mantienen alerta, despierto y consciente, alguien estuvo aqui hace mucho tiempo y construyo todo esto, y yo he venido aqui a ser un mero visitante mas, una sombra del futuro para ellos, y ellos fantasmas del pasado para mi.
La naturaleza es aqui la inquilina, nidos de pajaros que cuelgan de arboles altisimos, monos que aullan y que saltan de rama en rama, haciendo caer hojas y frutos al suelo, insectos de toda clase que se cruzan en el camino. Hace calor, bebemos agua constantemente para mantenernos hidratados.
Al atardecer, la puesta de Sol nos regala un momentito agradable, una luz perfecta sobre el lago Peten Itza, mientras le damos de comer a los peces congregados en el rincon de agua que queda en el restaurante donde tomamos limonada natural con soda, hablando con uno de los camareros, un chaval de diecisiete años, casado y con un crio de cuatro meses, que nos explica como ir hasta Belize con transporte publico sin tener que contratar ninguna linea privada de autobuses.
Es frustrantemente perfecto, aburrido, el suenyo de toda mujer casada por dinero, la pesadilla del rebelde, como los narcoticos y las sesiones de terapia y los horarios estrictos de television o patio para los pacientes de un sanatorio mental. Soy McMurphy y camino por el paseo que lleva de Bondi beach a Tamarama beach, me cruzo con la enfermera Ratched, alli Martini tumbado en la arena, jugando al Monopoly con Harding y Sefelt…