Los japoneses pagaban 15 dolares (un atraco) para subir en elefante hasta lo alto de una pequenya montanya, desde donde miles de cunyaos vimos la puesta de sol en Angkor.
Angkor esta llena de templos pero tambien de animales varios, como los monos, que se dejan ver para que los visitantes les den golosinas, platanos, etc…
En Triptales no siempre estamos de verano, de vez en cuando nos interesamos por la cultura, la historia… El horror que vivio Camboya durante el regimen de Pol Pot, es dificil de entender y duro de digerir. En Phnom Pehn existio un antiguo colegio convertido en prision “secreta” donde cada dia se ejecutaban de 4 a 10 prisioneros y se usaban los metodos mas salvajes de tortura. Hoy lo hemos visitado y es por esto que os invitamos, estimados lectores, a conocer un poco mas acerca del infierno que tuvo lugar entre 1975 y 1979, durante la epoca del Khmer Rouge.
Despues de dejar Laos y atravesar medio Camboya en un viaje miserable de dos dias empaquetados en minivans y sufriendo el entumecimiento de nuestros culos a causa de los accidentes del camino, llegamos hasta Siem Reap, el centro neuralgico del turismo de Angkor. Tuvimos suerte y nuestras polvorientas mochilas fueron a parar directas a un hostal agradable, pacifico y tranquilo. La ciudad hace gala de la falta de reglas y control del pais: marihuana, heroina, prostitucion, todo se nos es ofrecido por individuos que conducen motocicleta y se paran a tu lado para recitarte su oferta. Hoteles de lujo, puestos de venta de comida barata, caos circulatorio.
A las cuatro y media nos levantabamos y tomabamos un tuk tuk direccion Angkor. Un frio que pelaba, los ojos leganyosos y la tripa revolviendose de hambre, llegamos hasta Angkor Wat, el templo insignia del complejo extenso de templos que forma Angkor. Para moverse de uno a otro hay que usar algun medio de transporte, sea bicicleta, tuk tuk, moto… Era oscuro todavia pero miles de cunyaos ya entraban y se repartian por la inmensa explanada, listos con sus camaras para disparar en cuanto el Sol asomara por el horizonte.
Unas horas mas tarde ya desayunabamos en un chiringuito justo enfrente de un templo minusculo. La ninya viene corriendo tal y como bajamos del tuk tuk, temblando de frio con una camisita azul con las mangas largas pero no lo suficiente. Me sonrie y en un ingles fluido me pide que le compre a ella la comida o la bebida. Me regala una pulsera y me lleva hasta alli. Mientras tanto las mujeres de los otros chiringuitos nos gritan y nos llaman para vendernos agua, cocos, pinyas, cerveza, camisetas…
Las construcciones son asombrosas, gigantescas. El Sol crea infinidad de claroscuros y remarca las formas de los grabados de la piedra cuando incide en ellas lateralmente. Las raices voluptuosas de inmensos arboles se introducen dentro de techos, naturaleza que ha escondido durante siglos estas ruinas de una civilizacion pasada. Excepto en los templos mas concurridos, donde la invasion de turistas japoneses destroza todo el encanto y impide quialquier goce y disfrute, se respira paz y espiritualidad. Los fotografos de verdad tienen en Angkor un paraiso para desarrollar sus habilidades y su creatividad. Dentro y fuera, sol y sombra, ventanas soleadas y estancias cerradas, moho que dibuja en verde sobre las piedras formas de gran plasticidad.
La otra cara de Angkor es, como no, la miseria de la gente que alli trabaja, como siempre en Asia. Hablando con las ninyas que se te acercan y te piden en un tono que se acerca a un lamento o un lloro que les compres sus pulseras, sus flautas o sus postales, preguntandoles si van a la escuela, uno se da cuenta de lo triste que es hacer trabajar a la infancia. Entablamos conversacion con un par de monjes, el que hablaba ingles de unos veinte anyos, el otro de catorce. Me explica el primero cuando le pregunto acerca de sus intenciones de futuro que lo mas importante para el es aprender bien el ingles, porque le puede abrir las puertas a un trabajo bien remunerado como guia turistico. Recuerdo que en Laos, charlando con otro monje de diecinueve, me conto las mismas expectativas. Se levanta a las tres de la manyana para rezar, a las cinco empieza su ruta por las calles para pedir comida a los fieles, a las nueve empieza sus estudios religiosos en la pagoda. Me dice que intenta ahorrar para poder estudiar ingles, pero que es muy dificil. Para el comprarse un libro de diez dolares es inalcanzable. Me pregunta cosas como cuanto gano en mi pais, si estoy casado, que pienso de los camboyanos. Al final me pide si podemos ser amigos, le escribo mi nombre en un pequenyo carton y nos despedimos.
La puesta de Sol fue un infierno de turistas subidos en la cuspide de una pequenya montanya disparando sus camaras indiscriminadamente en todas direcciones. Mas bien parecia que estabamos en un concierto, las escaleras que subian hasta el templo abarrotadas de gente subiendo y bajando. Atascos y viseras, mariconeras, gafas de sol, tipos horteras en chandal, calcetines negros y sandalias, pieles rosaceas de occidentales, pieles lechosas de japonesas con pretensiones de geisha. Los elefantes subian en caravana cargando con los cunyaos en sus lomos.
El segundo dia alquilamos unas bicicletas, y seguimos visitando Angkor. Al dia siguiente tomamos un bus y llegamos hasta Phnom Pehn, la anarquica capital del reino. Sex & drugs & Rock’n Roll… Pero esto lo contare en el siguiente post.
Es frustrantemente perfecto, aburrido, el suenyo de toda mujer casada por dinero, la pesadilla del rebelde, como los narcoticos y las sesiones de terapia y los horarios estrictos de television o patio para los pacientes de un sanatorio mental. Soy McMurphy y camino por el paseo que lleva de Bondi beach a Tamarama beach, me cruzo con la enfermera Ratched, alli Martini tumbado en la arena, jugando al Monopoly con Harding y Sefelt…